Balaitous, 3.145 m.

Dedicado a mi nieta Alejandra, que esperó para nacer a que su abuelo cumpliera este pequeño sueño.

            Mientras el coche avanza, ya de regreso, escucho en la radio al profesor Arsuaga decir que nuestra vida está hecha de pequeños sueños. Tiene razón. Uno de los míos de este año, felizmente cumplido, ha sido ascender al Balaitous (Balaïtous, Balaitús, Pico Moros, entre otras denominaciones; ver https://www.mendikat.net/com/mount/8445), la cima que con sus 3.145 m. culmina el macizo pirenaico más occidental de los que sobrepasan la simbólica cota de los tres mil metros. Además, utilizando una ruta circular (con ascenso por la Gran Diagonal y descenso por la Brecha Latour) y, sobre todo, haciéndolo con Angelita y Torremocha, que no sólo son excelentes compañeros, sino que constituyen toda una garantía de éxito en cualquier empresa de montaña. Éxito que, a estas alturas de mi vida, en el borde de los sesenta, consiste menos en lograr el objetivo que en volver sano y salvo a casa…

            Uno de los temas sobre los que hemos charlado aprovechando el viaje ha sido la memoria y sus caprichos. ¿Por qué el Balaitous? Quizá porque hace años –acababa el siglo pasado- lo divisé desde el cercano Midi d’Ossau, después de una tremenda tormenta, completamente cubierto cubierto por el hielo de una granizada que lo convirtió en una pirámide refulgente. La impresionante imagen se me quedó grabada, y por uno de esos azares, volvió a mi mente a principios de este año, quizá en el momento de más baja forma física de mi vida; desde entonces, este pequeño proyecto me ha servido de continuo estímulo y motivación, y se ha convertido en una de esas ilusiones que te hacen salir del pozo y mirar adelante con mayor optimismo. La memoria, y la experiencia de vida, también te permiten comparar y recalibrar la mirada. El primer relato de este tipo que escribí, en el lejanísimo 1974, fue sobre la escalada al Naranjo de Bulnes que hice con mi querido amigo –ya desaparecido- Roberto Guadalcázar. Era un texto meramente descriptivo, en el que apenas incluía sensaciones ni sentimientos. No podía hacerlo: mi vida era aún muy corta (apenas 14 años), y se me aparecía ante los ojos como un océano ilimitado, el horizonte de un viaje recién iniciado cuya otra orilla aún no alcanzas a divisar. Las sensaciones, lógicamente, ahora ya han perdido mucho de la novedad de entonces. Sin embargo, he vuelto a vivir la expectación, la ilusión y hasta en cierto modo la ansiedad que entonces sentí con la preparación de la ascensión. Entonces había pocas fuentes de información y –por así decirlo- el componente de aventura era mucho mayor; ahora, la información (escrita y en imágenes) es tan abundante que tal vez resulta excesiva: confieso que ciertas reseñas, fotografías y vídeos me han causado una preocupación excesiva. Pero en ambos casos, han sido viajes soñados, pensados, ansiados… y –éste- retrasado. Íbamos a hacerlo a finales de agosto, pero uno de nosotros no se encontraba en plenas condiciones físicas y nos juramentamos: o subimos todos, o no subimos ninguno. Y así ha sido, decidimos probar fortuna durante las fiestas patronales. Todo sea dicho, el Naranjo también nos unía a los tres: lo escalamos juntos hace justo diez años, así que el Balaitous nos ofrecía una magnífica ocasión para celebrar el aniversario, ahora que aún podemos.

            Bastantes cosas han cambiado en el mundo de la montaña en estas cinco décadas. La información sobre las rutas y la meteorología, los materiales técnicos y la vestimenta, los teléfonos móviles, el GPS… Todo eso está muy bien, aunque el buen montañero debe cultivar por encima de todo el sentido de la montaña, que es su verdadera fuente de seguridad en ese mundo tan potencialmente hostil, indomable. También han cambiado los comportamientos. Aquí no tengo tan claro que todo haya sido positivo. Subiendo al refugio de Respumoso (7,5 km, 800 metros de desnivel desde el embalse de La Sarra, senda fácil y constante, aunque a ratos de caminar incómodo), nos cruzamos con gente que saluda, pero también con gente que no lo hace. Es un comportamiento claramente urbanita, el de quien no piensa que ese con el que se cruza sin decirle nada sea quien, quizá, diez minutos más tarde le salve la vida. También, el griterío de la gente en el comedor del refugio el sábado por la noche excedía algunos decibelios de los deseables.

            Se puede ascender a un montaña en magnífica compañía, pero al final uno tiene que enfrentarse a sí mismo, aprender a equilibrar sus propias limitaciones y facultades: la montaña no suele regalar nada a nadie. Dejamos Respumoso de amanecida, con Orión y Sirio brillando en lo alto del cielo (señal inequívoca de la cercanía de las estaciones frías), con el alba nimbando las cumbres piramidales del horizonte oriental (Gran Facha, Llena Cantal, Piedrafita, Tebarray…). Desandamos parte de la senda de acceso a Respomuso, hasta desviarnos para tomar otra que, desde el inmediato embalse y sin perder altura, nos lleva a enlazar con la que sube desde La Sarra hacia los ibones de Arriel. Este tramo, que discurre todo bajo la arista de La Frondella, se hace un tanto largo (una hora y media), pero nos permite calentarnos y dejar que se haga la plena luz. El día está –conforme anunciaba el pronóstico- bastante cubierto e incluso fresco, aunque sin amenaza de lluvia ni tormentas: perfecto. Nos damos cuenta, además, de que hacer la ascensión en el sentido que llevamos te mantiene constantemente a cubierto del sol. La zona de los ibones de Arriel es la más agradable del recorrido. Se trata de un conjunto de lagos escalonados unidos por pequeñas cascadas, entre los que destacan el Ibón Alto (el más grande), y la pequeña maravilla de aguas turquesas que es el Ibón Chelau (o Gorg Helado). A partir de aquí se acaban las contemplaciones. El sendero se empina entre un verdadero muro de canchales de granito; la cima y la Gran Diagonal ya se divisan, pero parecen muy lejanas: toca sufrir. “No pienses; si lo haces, abandonarás”, me digo. Prudentes, Angelita y Torremocha tampoco me dicen nada. Aun así, rebusco recursos en mi cabeza y me da por comparar esta ascensión con la del Puig Campana por el Carreró. Al fin y al cabo, el desnivel y hasta la estructura son parecidas. Así que pienso que aquí me va a pasar lo mismo, que lo más pesado para mí no es el Carreró, sino llegar hasta su inicio, lo que aquí viene a representar el punto, a 2700 m., en el que se encuentra el abrigo André Michaud. Se trata de una oquedad natural que fue habilitada como refugio en los años 20 y 30 del siglo pasado e inaugurada en 1949. Su interesante historia la podéis hallar aquí: http://tokitan.tv/cueva-andre-michaud-ascension-balaitus-refugio-abrigo-pirineos#. Por supuesto, a mí me recordó las cuevas que hizo excavar el conde Henry Russell en “su” Vignemale (de hecho, fue propietario de la vecina montaña entre 1889 y su muerte en 1910).

            Desde el abrigo Michaud, todo cambia: y a mejor, como esperaba. Se inicia aquí lo más interesante de la ascensión, esa fantástica Gran Diagonal que, en dos tramos, nos deposita, con bastante facilidad y relativa poca exposición, en las inmediaciones de la cumbre. Hay algo de nieve y hielo, pero no supone ningún inconveniente. Nos adelantan dos parejas y nos cruzamos con algún otro grupo que baja, pero subimos cómodamente y sin dificultades de itinerario. Eso sí, el casco –que nos ponemos- es muy recomendable, dada la enorme cantidad de piedras sueltas, de todos los tamaños imaginables. El horizonte, por esta cara occidental, está dominado por los vecinos Arriel y Palas, y por el algo más lejano Midi d’Ossau (por cierto, el Palas y el Balaitous fueron ascendidos por vez primera en 1825 por los geodestas franceses Peytier y Hosard; subieron al primero pensando que lo hacían al segundo, de modo que se vieron forzados a corregir su error…). Un murete y una última chimenea, siempre sin dificultad, nos dejan en la cumbre del que Russell denominó como “Cervino de los Pirineos”, poco antes de las 2 de la tarde (a fin de cuentas, mediodía solar…) de este 6 de octubre. Estamos prácticamente solos (nos acompaña un corredor de Donosti, de mediana edad, que ha subido solo, sin equipo ni móvil), y sé que satisfechos: para los tres, era el último de los cinco grandes tresmiles pirenaicos (junto con Aneto, Posets, Perdido y Vignemale) que teníamos pendiente. El día, aunque nublado, se mantiene; el horizonte, además, se amplía hacia el Este. El Vignemale, bastante cercano, nos oculta la cima del Monte Perdido, pero no las del Midi de Bigorre (del lado francés) o las del Casco o el Taillón (del lado de Ordesa).

            No nos entretenemos. Tomamos unas fotos junto al vértice geodésico (el famoso trípode está destrozado, en el suelo) e iniciamos el descenso. El tramo hasta el inicio de los rápeles de la Brecha Latour lo hacemos rápidamente, pero en el Balaitous nunca hay que bajar la guardia: estas pendientes me parecen casi más expuestas y abiertas que las de la Gran Diagonal; prefiero no imaginármelas con hielo. Cinco rápeles (cuatro de unos 20 metros, y uno de 30; el primero desde una cincha de acero, el resto sobre dos anclajes cada uno), sin más dificultad que procurar no mover piedras, nos permiten salvar la pared que -por la derecha- delimita la sombría canal que conduce a la brecha. Este año la sequía ha sido extrema y la nieve ha desaparecido de aquí por completo, de modo que el bloque empotrado que la corona, totalmente en el aire, domina la escena con su ominosa presencia. Tenemos ocasión de observar la clavijas instaladas para el ascenso por esta ruta, y me ratifico en que hemos elegido el sentido más adecuado para efectuarla. Cuando pongo el pie en el suelo, tras el último rápel, pienso que quizá sea el último que hago en mi vida, al menos en alta montaña. Pero me acuerdo de que pensé eso mismo hace diez años, al pie del Naranjo y con la misma compañía, y no puedo reprimir una sonrisa. Sí, aquí estamos…

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            El resto del descenso, nunca cómodo, discurre –otra vez- por inacabables canchales de granito, hasta el refugio. La noche en él será mucho más tranquila, con apenas gente y la satisfacción de la ilusión cumplida. Hace décadas, el gran Lionel Terray escribió un hermoso libro de montaña titulado “Los conquistadores de lo inútil”. La otra noche, en un reportaje de televisión, escuché a Reinhold Messner dar su propia visión de esa frase. Puesto que hemos de morir, la vida resulta ciertamente inútil; `pero eso no implica que no debamos darle un sentido, en uso de nuestra libertad. Sin duda, y afortunadamente, las montañas han contribuido a darle buena parte de su sentido a mi vida.

Cayetano Mas

(Actividad realizada por José Luis Valero Torremocha, Ángela Sansano Mas y Cayetano Mas Galvañ los días 5 a 7 de octubre de 2019).

Datos adicionales, kilómetros recorridos 13’400 y desnivel  + 1258 metros.

Imágenes de la ascesión:

 

 

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